Mircea Eliade (1907-1986) nació en Bucarest y murió en Chicago donde fue profesor de la Universidad del mismo nombre. Fue filósofo, historiador de mitos y religiones. Escribió varias novelas. Hablaba cinco idiomas y podía leer sanscrito, hebreo y persa. A los veintiún años terminó la carrera de Filosofía y se trasladó a Calcuta. Durante un año vivió en un monasterio en los Himalayas. Dictó clases en la Universidad de Bucarest, estuvo en Londres, Lisboa y París en misiones culturales y luego viajó a EE.UU. hasta su muerte. Una de sus obras principales es la Historia de las Creencias e Ideas Religiosas. Eliade, en términos generales, parte de la hierofanía en el sentido de la búsqueda de lo sagrado como base de las religiones y menciona a la teofanía cuando esas tendencias se refieren a un ser superior. 

Aunque he conocido referencias sobre la trayectoria de Eliade, he leído sus novelas Isabel y las aguas del diablo, El burdel de las gitanas, La señorita Cristina, La noche de San Juan, y una colección de ensayos titulada Fragmentarium. Leí también un libro sobre el yoga. Más adelante me referiré a su obra Lo sagrado y lo profano, tema del presente comentario. Muy sucintamente: En Isabel… el tema central es “el otro”, que se expresa en la mutilación de algunos recuerdos que conducen a otros espacios y personales. En El burdel…, compuesta de tres relatos, expresa sus ideas y su visión de las cosas. La señorita… ,un tema de fantasmas, cuenta la historia de una joven asesinada que se empeña por sobrevivir. La noche… es una novela larga y difícil. Habla del tiempo, de detenerlo o cambiarlo. Escenificada en la guerra, se desarrolla en Bucarest, Londres y Lisboa. Escribe que en cierta edad los hombres piensan que “han naufragado en una vida estúpida que no podía ser la ellos”. Fragmentarium es una colección de ensayos sobre diversos temas, en los cuales me cautivaron los referentes al oficio de escribir, la literatura y la presencia de la mujer.

Eliade, en Lo sagrado y profano, pretende “presentar el fenómeno de lo sagrado en su complejidad, y no sólo en lo que tiene de irracional”, y ahondar en la oposición entre los dos conceptos. En la historia de todas las religiones, desde las más primitivas, “algo sagrado se nos muestra”. No obstante, el fenómeno va más allá de este aspecto. Son “dos modalidades de estar en el mundo”, desde mirar con algo más a una piedra o a la sexualidad o a la comida. Sostiene que aun en el mundo moderno, por más profundo que fuere lo profano y la desacralización, no es posible abolir el sentimiento de lo sagrado, de lo “religioso”. Al entrar a una catedral o a un cementerio lo profano queda trascendido y otra dimensión aparece. En la mayoría de las religiones se presenta una “puerta hacia lo alto” por donde los dioses pueden descender y los humanos subir, una conexión que es natural y espontánea. El ejemplo del templo aclara el concepto, pero lo mismo puede ocurrir por un sitio determinado, un árbol, una cueva, la cima de una montaña, inclusive un objeto. Entrar a nuestra casa, a nuestro “hogar” tiene la misma connotación. La distinción entre “nuestro mundo” y lo otro puede consistir también en un “espacio extraño, caótico, poblado de lavas, de demonios y fantasmas”, o simplemente el mundo de los muertos. Entonces, “Tierra, Cielo y regiones infernales”. Sería la oposición entre un lugar “organizado”, un cosmos, frente al “caos”, sin perjuicio que dentro de este “orden” del mundo vivido se manifieste lo sagrado, lo que ha permitido “la ruptura de niveles”. En la conquista española no faltó el elemento sagrado: en nombre de Jesucristo. Hay otro fenómeno curioso: la preferencia por los lugares altos, por las montañas elevadas, o la frecuencia con que se ha presentado que tal o cual lugar es el “centro del mundo”. La arquitectura gótica se eleva, apunta al cielo. Son numerosos los ejemplos, con su vasto conocimiento de la historia, que da Eliade a muchas realidades humanas. Otro signo muy significativo en el levantamiento de un poblado o de una ciudad es la construcción de un “centro”, de una plaza, alrededor de los cuales se planifica el asentamiento. El caos ha estado representado en muchas culturas por el Dragón, que representa las fuerzas del mal y de las tinieblas, vencidas por los dioses. En muchas ciudades medievales se construían muros, no solamente para la defensa de otros humanos, sino para evitar al Demonio o a la Muerte. No existía distinción entre lo uno y lo otro. Curiosamente, estas actitudes se conservan en el mundo moderno. Serían fácilmente identificables si nos ponemos a pensar: los buenos y los malos presentes en la religión y en la política. 

En el mundo actual, con la gigantesca transformación de la ciencia, la técnica, la física y la química, hay una evidente desacralización del Cosmos. Las cosas son diferentes pero no en la medida que podríamos pensar. Por ejemplo, el Templo, desde las grandes civilizaciones, es más que un referente sagrado. Es “copia del arquetipo celeste”, quizás la máxima expresión de lo sagrado en contraposición de lo profano. “Cualquiera que sea su grado de impureza, el mundo está continuamente purificado por la santidad de los santuarios.” En la cristiandad, en la iglesia bizantina “las cuatro partes del interior de la iglesia simbolizan las cuatro direcciones cardinales. El interior es el Universo. El altar es el Paraíso”. De esta y otras referencias del devenir humano, “el hombre religioso no puede sino vivir en un mundo sagrado (…), con una inextinguible sed ontológica (…) debido al terror ante el Caos, ante la nada”. En otras palabras, la vida del hombre religioso es un paso hacia la trascendencia, hacía los dioses, mientras que el hombre no religioso vive consciente que este es el único mundo posible y acepta la nada al extinguirse. El hombre no religioso se limita al “presente histórico”; el que vive lo sagrado, en alguna forma, vive la “eternidad”. Ambos se consideran “hechos por la Historia”, pero el religioso sólo se interesa por la historia revelada por los mitos o los dioses. Únicamente como información, en el profundo análisis de Eliade, el canibalismo de ciertas tribus y los sacrificios humanos tienen origen religioso. Baste, pienso yo, como ejemplo, la fórmula: “tomad y comed, este es mi cuerpo”.  Eliade menciona los conceptos griegos del “eterno retorno” y sus modificaciones posteriores en el judaísmo con Yahvé y sus intervenciones en el “pueblo elegido”, y en el cristianismo con el Dios humanizado, ya en el terreno de la teofanía. En el caso del cristianismo nace el concepto de teología, más allá de una filosofía de la Historia. Con la evolución del pensamiento, en tiempos más recientes, el “espíritu universal” se manifiesta solamente los acontecimientos históricos. Todo es una teofanía. El historicismo es un “producto de la descomposición” de lo judeo-cristiano. El tiempo, por tanto, tiene una “duración precaria que conduce irremediablemente a la muerte”.

Es interesante en Eliade la referencia al “alejamiento divino”, causado por los avances de la ciencia, de la técnica y de la economía. Es sabido que esto comenzó con la invención de la agricultura, cuando la experiencia religiosa “se hace más concreta, se mezcla íntimamente con la Vida”, aunque en casos extremos o catastróficos se recurre a los seres superiores. En casos extremos aun los ateos tienen, por momentos, la necesidad de la ayuda de un ser superior.  “Expulsado de la vida religiosa (…) lo sagrado celeste permanece activo a través del simbolismo”, como el caso del agua: bautismo, inmersión. Otro simbolismo muy poderoso se relaciona con la Madre Tierra y Eliade se refiere a muchos ritos y costumbres, tanto para nacer o como para morir, relacionados con la tierra. Lo propio sucede con la mujer “solidarizada místicamente con la tierra”. La naturaleza y los animales han sido también una realidad fascinante que ha ejercido reacciones e interpretaciones místicas y sagradas de toda índole. La luna, por su parte, más aún porque es conocida su influencia en la vida terrestre. Se puede hablar de una “metafísica de la luna”, mientras que sol se ha relacionado con la mitología heroica y permanece quieto y no interviene. 

Eliade piensa que la tarea de un historiador del homo religiosos es muy complicada. El hombre occidental lo relaciona obviamente con el cristianismo y no va más allá del budismo, el judaísmo, el islamismo, etc., cuando el “punto de partida se encuentra en las culturas arcaicas”. Un aspecto muy interesante es que el cuerpo humano también participó de todas las interpretaciones y creencias, de modo que se dio “la homologación casa-cuerpo-cosmos”. Para el hombre moderno no religioso el Cosmos “se ha vuelto opaco, inerte y mudo; no trasmite ningún mensaje”. El cristianismo “ha perdido desde hace tiempo sus valores cósmicos”. “La experiencia religiosa no está abierta al Cosmos; es una experiencia estrictamente privada y la salvación es un problema entre el hombre y su Dios (…). Inclusive para un cristiano auténtico el mundo ya no es sentido” como obra de Dios. No obstante, Eliade piensa que situaciones abiertamente antirreligiosas “se encuentran muy rara vez en estado puro” en el mundo moderno, pero “es posible que una experiencia así (…) se haga más corriente en un futuro”. Lo que se encuentra secularizado en forma total es el nacimiento, el matrimonio y la muerte. “El hombre moderno arreligioso asume una existencia trágica y su situación existencial no está ausente de grandeza”, pero desciende del homo religiosus. “La mayoría de los hombres sin religión se siguen comportando religiosamente, sin saberlo”.  “Se podría escribir un libro sobre los mitos del hombre moderno (…); un hombre absolutamente racional es una mera abstracción”. Basta reconocer la existencia del inconsciente. Concluye afirmando que, más allá del historiador de las religiones, comienzan las tareas del filósofo, del psicólogo, incluso del teólogo.