El término demon no consta en la RAE. Aparecen como sinónimos “demonio”, “diablo”, “demonche”. En la mitología griega tiene diversos significados y, por lo que entiendo, Homero, Hesíodo y Platón en alguna forma se acercan a considerar al “demon” como una entidad o personaje que podría ser una especie de intermediario entre los dioses y el hombre, inclusive un guía que le acompañaría hasta una buena muerte y al más allá.

El “daimon” en la Odisea me parece que es una figura cambiante, a veces negativo, a veces bondadoso. No se trata, entonces del Diablo, Satanás o como lo llamen las religiones que pintan a dos antagonistas eternos, representantes del Bien y del Mal, ambos mutuamente indestructibles, infinitos, con las mismas cualidades esenciales. Por un lado, un dios-blanco que arroja rayos resplandecientes, y, por otro, un dios-negro, que lanza llamaradas, ambos en perpetua lucha. Quizás esto llevó a Thomas Mann a escribir en Doktor Fausto: “Secretamente, mis estudios teológicos fueron el comienzo de la alianza de llegar, no a Dios, sino a Él, el gran religioso”. Un gran amigo que fue sacerdote me dijo hace unos años: “Mira, el estudio de teología puede llevarnos al ateísmo”. ¿Estaría pensando así Fausto cuando le dijo a Mefistófeles, según Goethe?: “Espíritu de contradicción, condúceme adonde mejor te plazca”. Otros autores, como Saramago, y Pamuk en Me llamo rojo, piensan que Dios y el Diablo son socios y amigos que se han repartido el mundo. Espero recordar bien, pues lo leí antes de cumplir veinte años: Papini, ya convertido al catolicismo, opinó en El Diablo que Dios terminará perdonando a Satanás, que se reincorporaría al estado mayor de los arcángeles.

En La gaviota, otra de las magistrales novelas de Sandor Marai, se lee: “Quizás sólo el diablo ría con tanto sarcasmo y desesperación al percatarse en sus horas libres de que su rostro feo y torcido, con cuernos en la frente, se parece al de Dios, aunque sea remotamente”. El académico cuencano Oswaldo Encalada, en su delicioso Diccionario de la vista gorda, escribe: “El diablo es el ángel quemado en el incendio del cielo. El diablo se persigna con la punta de rabo”. (Si Oswaldo me lee, le envío un fuerte abrazo). Andreiev, en El diario de Satanás, evita las dudas y zozobras que nos han atormentado desde niños: “El hombre es Dios y Satanás a la vez”. Asunto terminado. Al pan, pan, y al vino, vino. 

Estos temas nos mantuvieron a más de una generación buscando por todos los medios el camino hacia el paraíso eterno y a evitar, por todos los medios también, el descenso al fuego eterno. Antes de cumplir la mayoría de edad, comencé a pensar que algo no encajaba, que algo olía a trapo mojado. El proceso, de abrumadora lentitud, se trataba, en definitiva, de encontrar la mayor dosis posible de cierta libertad interior que permita simplemente caminar sobre los años por los caminos que hemos escogido y por las rutas, senderos, chaquiñanes, desfiladeros y túneles que nos escogen. O sea, simplemente por la vida, por este mundo. No fue fácil, me ha llevado casi toda una vida, pues dioses y demonios, buenos y malos, se multiplican como conejos. 

Las digresiones pueden molestar o herir. Acepto que a mí me duelen, pero no puedo evitarlas. Volvamos al Demon. Es un personaje que nos acompaña con más profundidad y presencia que el ángel de la guarda que no nos abandonaba ni de día ni de noche. Comenzaré con lo que debiera ser un colofón: ¿parte de ese Demon somos nosotros? No es fácil hacer amistad con él. Somos, él y nosotros, algo huidizos, misteriosos, complicados; pero nosotros somos ciegos y tramposos, él no. Quienes consideran al universo como un Todo también llegan a parecidas conclusiones.

Hace unos años escribí una novela, cuyo título mi mujer y yo nos demoramos en encontrar durante varias semanas. Al fin una noche entró por la ventana: Los lenguajes de la piel. Trata sobre la eroticidad en su más amplio sentido. Este término no está recogido en la RAE, pues tontamente se lo relaciona solamente con la sexualidad, cuando humana y antropológicamente va mucho más allá. En esta obra, el Demon se convirtió en un espíritu provocador, sensible, insinuante, que se extendió, sin mostrarse, pero cubriéndola, a través de una ligerísima neblina que yo la imaginaría como de tenue color azul cobalto. La principal protagonista de la obra, harta de su soso marido, antes de pedirle el divorcio, durante un viaje y casi sin pensarlo, tuvo una aventura loca y maravillosa de una semana en Salvador de Bahía, en Brasil. Ni él ni ella supieron sus nombres ni se despidieron.  Fue obra del Demon. “Fue su magia —pensaba ella al regresar—: haber roto el tiempo o haberlo detenido”. De esos encuentros no quedarán recuerdos, ni cenizas, ni nostalgias. Pero quedó, sobre todo, una nueva vida para ella y el encuentro de un nuevo amor que duraría por siempre. Esto sucedió en la novela, pero el Demon que nos vino de Grecia y que ronda nuestras vidas, no solamente es amor y sexo. No.

El Demon es, o puede llegar a ser, el amigo más cercano, el socio, el compa, el pana, el ñaño del alma. El instigador de sueños, la fuente de donde nace el arte, la creación, el amor a la vida, el encuentro con la naturaleza, la broma, la picardía o una buena noche de fiesta con algo de alcohol, buena comida y muchas risas. Dios y los santos no ríen nunca, y cuando en el filme La última tentación, de la homónima novela de Kazantzakis, Jesús bailó en las bodas de Caná y soñó antes de expirar, a través de su Demon, como hombre que también fue, que podía haber tenido una familia, prohibieron la película y amenazaron con quemar las salas de cine.

El Demon es el espíritu que nos acerca al Otro. En suma, el que nos acerca al Amor, así con mayúsculas, en el más amplio y definitivo de los sentidos. El aliado más seguro de un matrimonio o de la vida en pareja. El mismo Andreiev, a pesar de sus radicales palabras, lo reconoce: “El Amor podría ser la salvación”. Elena Poniatowska, en la excelente obra Leonora —que relata la vida de una mujer extraordinaria cuyo nombre fue Leonora Carrington, reproduce un diálogo de dos amantes:

– ¡Ay!, a veces pienso que eres el diablo.
– ¡Qué bueno que no creas que soy un ángel!