¿Nos queremos los ecuatorianos? (Parte 1)

por Modesto Ponce Maldonado

Esta pregunta me he repetido por muchos años. Las respuestas son complejas, dependen de una serie de factores muy variados —no solamente históricos— que se remontan a miles de años antes de le llegada de los españoles, a la conquista incaica, poseedora de una cultura poderosísima (aunque relativamente pocos años estuvieron en nuestros actuales territorios), pero que dejó huellas definitivas, la supuesta existencia del llamado Reino de Quito, la evidencia de que fuimos un conjunto muy variado de tribus o clanes, distribuidos en una geografía caótica, quebrada y caprichosa. Regresa a mi memoria Por el camino del sol – Historia de un reino desaparecido, aquella obra inolvidable escrita por Jorge Carrera Andrade, que, con un lenguaje poético de gran altura, desentraña nuestra naturaleza, que es nuestra original progenitora, la sucesión de mitos, desventuras, sueños despiertos y pesadillas dormidas nacidos de las azules llamaradas de nuestros cielos únicos y de la luminosidad de nuestros mares. Escribe: “No había en verdad un cielo más límpido y rebosante de luz, un verdor más dichoso de las plantas, una mayor variedad de notas de color en las frutas de los árboles y un esplendor más comunicado del paisaje en ninguna parte del Tahuantinsuyo”, para después recordarnos que Huayna Cápac escogió Tomebamba para pasar sus últimos años. Tampoco ha pasado desapercibido Entre mitos y fábulas, un lúcido ensayo escrito por el arqueólogo Ernesto Salazar, que considera un “imperio postizo” a ese Quito-Nación que jamás existió. Mitos que también forman parte de nuestra idiosincrasia. Este autor fue consultado cuando escribí mi novela El Palacio del Diablo que, en alguna forma, convierte a Quito en personaje y Ecuador es dibujado a través de cuatro poderes: político, económico, religioso y militar. Un crítico la calificó como “novela política”.

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Ah, los emprendedores

¡Ah, los “emprendedores”! Me producen el deseo de filosofar irónicamente, o de condolerme sobre su candidez, inmunes como se sienten a los golpes de la vida que a todos nos llegan. Los concibo como una caricatura, una invención reduccionista impuesta por el sistema, una distorsión inaceptable de lo que realmente somos. El filósofo chino-alemán Byung-Chul Han, a quien no me cansaré de citar, los ve como “disfrazados de individuos positivos, sonrientes y supermotivados” que buscan el “tener” más que el “ser”. ¡Qué distantes del ser humano profundo! Allí los vemos, a estos felices emprendedores dispuestos a conquistar el mercado, inclusive internacional —“el Ecuador para el mundo”—, justamente este mundo donde el 70% de sus habitantes — candidatos también, ¿por qué no?, a futuros a emprendedores—, sobreviven o se extinguen lentamente con $2 a $4 diarios.

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