El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, a quien nos hemos referido en más de una ocasión, ha publicado con este título su último ensayo sobre la digitalización y la crisis de la democracia. Después de leerlo no queda duda de que vivimos una dictadura informática, una distopía, definida como “la representación ficticia de una sociedad futura (de una sociedad actual, sería) de características negativas causantes de la alienación humana”. Ya no se trata de “Un mundo feliz”, la novela de Aldous Huxley, publicada a comienzos de los años treinta, en la cual la manipulación genética conduce a los seres humanos a convertirse en un rebaño controlado y dirigido por los padrinos y jerarcas que pretenden crear una forma nueva de vida.
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En agosto 8, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central organizó en su auditorio una mesa redonda sobre este tema. Fui invitado junto a mis buenos amigos, la escritora Lucrecia Maldonado y el escritor Leonardo Wild, con el objeto de responder preguntas de un moderador y de alrededor de doscientos estudiantes que se reunieron. La víspera del conversatorio ocupé un par de horas en recibir explicación elemental sobre el asunto, aunque sabía que la llamada hoy “inteligencia artificial” ya estaba desde hace mucho tiempo presente en los celulares y, por ejemplo, en la voz que acaba de ser impertinente por impersonal de las amigas de todos, conocidas como Alexa o Siri, pero que el sistema se perfeccionó y no para, hasta límites inimaginables, con los programas como ChatGPT y sus nuevas versiones. No resulta pertinente señalar o ejemplificar los avances extraordinarios de esta ciencia de los algoritmos aplicada a casi todas las actividades humanas. Se trata, en este caso, de la posición del escritor, de un artista, de un creador que emplea el instrumento del lenguaje para expresarse. De un ser humano, en definitiva, con su complejísima personalidad y con su aún más compleja estructura cerebral y emocional, que utiliza la palabra —y la palabra es la que nos permite ser como somos— para fines estéticos, dirigidos a tocar la sensibilidad de otros seres humanos y a contar a los demás nuestra visión de la vida y del mundo como opinó Henry James en un memorable ensayo. No recuerdo a quien opinó que “indecible e impensable son casi sinónimos”.
Seguir leyendo «El escritor y la inteligencia artificial»Yo me confieso, Marilyn
Con motivo del 50 aniversario de la muerte de la artista, el escritor y profesor universitario Raúl Serrano Sánchez editó Sólo ella se llama Marilyn Monroe (Relecturas de una diosa), en la que intervenimos 27 escritores, incluyendo mujeres naturalmente, con el objeto, según reza la contraportada, de efectuar un “recorrido, celebración, nuevas plegarias y relecturas que buscan dejar en claro como en estos cincuenta años transcurridos de su ausencia, Marilyn es una presencia en llamas”. Esta obra fue publicada por la Casa de Cultura Ecuatoriana, núcleo del Azuay, en 2013.
Seguir leyendo «Yo me confieso, Marilyn»Danos, Señor, nuestras mentiras de cada día…
Las características del envoltorio dan forma al contenido. No al revés.
Haruki Murakami. 1Q84, libro 1.
… y no nos dejes cae en la tentación de dudar de los profetas o de los iluminados de este siglo. “A medida que hemos avanzado en nuestra sofisticada tecnología de la simulación —anticipó Rafael Argullol en El cazador de instantes— y, sobre todo, mientras hemos creído en ella con una fe cada vez más inconmovible, se han ido invirtiendo los personajes de la parábola platónica: ahora las sombras que desfilan son lo único verdaderamente real mientras han dejado de existir los hombres que paseaban libremente al exterior de la cueva”.
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¿Qué piensa el santo Escrivá de la ternura? Ternura es acariciar a un niño, abrazar a los padres o a un amigo, besar a una hija, hacer el amor, besar a la novia, apretar una mano, pero él advierte sobre los “derroches de ternura”. ¡Caridad sí, no ternura!, proclama. “Siete cerrojos” necesita el corazón, ya que “más de una vez quedó flotando…la nubecilla de la duda… ¿no habré ido demasiado lejos en mis manifestaciones exteriores de afecto?” (161, 188). “No me saques las cosas de quicio (…) ¿a qué ese apego a las criaturas?” (157).
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