Yo me confieso, Marilyn

Con motivo del 50 aniversario de la muerte de la artista, el escritor y profesor universitario Raúl Serrano Sánchez editó Sólo ella se llama Marilyn Monroe (Relecturas de una diosa), en la que intervenimos 27 escritores, incluyendo mujeres naturalmente, con el objeto, según reza la contraportada, de efectuar un “recorrido, celebración, nuevas plegarias y relecturas que buscan dejar en claro como en estos cincuenta años transcurridos de su ausencia, Marilyn es una presencia en llamas”.  Esta obra fue publicada por la Casa de Cultura Ecuatoriana, núcleo del Azuay, en 2013. 

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Sobre un libro de Paul Auster y la idea equívoca de cambiar el mundo

Llueve. Pienso en las posibilidades infinitas que nos rodean cada instante que pasa. En lo pequeños que somos ante la inmensidad del planeta Tierra, del océano. Rompen las olas constantemente en los mares, formando caminos de nívea espuma en todas las playas del mundo, pero cada uno de ellos es único, con su cantidad exacta de burbujas y su forma propia de acariciar la arena...

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Danos, Señor, nuestras mentiras de cada día…

Las características del envoltorio dan forma al contenido. No al revés. 
Haruki Murakami. 1Q84, libro 1.

… y no nos dejes cae en la tentación de dudar de los profetas o de los iluminados de este siglo. “A medida que hemos avanzado en nuestra sofisticada tecnología de la simulación —anticipó Rafael Argullol en El cazador de instantes— y, sobre todo, mientras hemos creído en ella con una fe cada vez más inconmovible, se han ido invirtiendo los personajes de la parábola platónica: ahora las sombras que desfilan son lo único verdaderamente real mientras han dejado de existir los hombres que paseaban libremente al exterior de la cueva”. 

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La Opus Dei en su salsa: intento de análisis semántico del libro ‘Camino’ (Parte 3 de 3)

¿Qué piensa el santo Escrivá de la ternura? Ternura es acariciar a un niño, abrazar a los padres o a un amigo, besar a una hija, hacer el amor, besar a la novia, apretar una mano, pero él advierte sobre los “derroches de ternura”. ¡Caridad sí, no ternura!, proclama. “Siete cerrojos” necesita el corazón, ya que “más de una vez quedó flotando…la nubecilla de la duda… ¿no habré ido demasiado lejos en mis manifestaciones exteriores de afecto?” (161, 188). “No me saques las cosas de quicio (…) ¿a qué ese apego a las criaturas?” (157).

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